Aguas de filosofía y poesía, repletas de la imaginación de la memoria, de la hipnosis del futuro, de la ensoñación del presente. Aguas, que han inundado momentos, desbordándose en ellos y en mí. Me conmovieron tanto, que las tuve que reflexionar, para no ahogarme en ellas. Me mojé y me mojaron. Me regaron. Saciaron mi sed. Me transformaron.
Como islas flotantes en un espejismo oceánico, se conformaban ideas de mí, ideas de ti, ideas de mundo que parecían coherentes. Pero en estas aguas se diluyen las apariencias, los parecidos, sus pertinencias. Solo queda lo efímero de lo que ha sido y su memoria. La fugacidad, aún mayor, de lo que nunca llegó a ser.
En estas aguas sin ley quiero tener en cuenta a los pensamientos que se quieren fugar, a los excluidos, a los rechazados por las olas que llegan a la orilla de la realidad. Los cantos de las sirenas dicen que, avergonzados, se sienten condenados al olvido. En estos lindes repletos de resistencia, me encanta bucear en esas aguas internas. Sin vergüenza.
El agua es capaz de disolver barreras, de colarse entre rocas y traspasar por aquel recóndito lugar que no podía verse. Para seguir su camino puede ser lenta, suave y persistente. Como un susurro, como un beso que se saborea, como un poema que se vuelve a evocar desde la saliva. La poiesis*1 de la poesía, en nuestro cuerpo acuático, es lenta, suave y persistente. Nunca es el mismo río, decía Heráclito. Aunque las palabras sean las mismas. Sin embargo, esas emociones que suceden constantemente en nuestro ser habitado, fluyen sin descanso al ritmo del tiempo y la memoria del cuerpo.
El agua limpia limpia el agua.
La piel, la fina membrana que la transpira evaporada y la resguarda, aliada a esa fascia líquida que lo conecta todo en nosotros, se funde con el deseo de vida, el que construye sueños. Para revivirlos, vivificarlos. Acuosamente, vívidamente. En este círculo acuático que nunca se cierra, como esa sabiduría que se sabe siempre inacabada, siempre geométricamente imperfecta. Allí me sumerjo para volver a emerger. Dispuesta a humedecer, mojarme y mojarnos. A permitir que me brillen los ojos impregnados de alegría, dispuestos a sorber la ternura de la vida, a libar su belleza. Sin miedo a llorar, a hervir o evaporarme. Al menos, sin tanto miedo como antes. Capaz de usar esa tecnología mental sofisticada que me enseñaron en la facultad, para congelar palabras y descongelarlas. Siempre abierta a bucear en ese cielo repleto de nubes y tormentas, a nadar en el reflejo del pensamiento, a fluir con oleadas de sentimiento, a “bevernos”, a dúo, multiplicando el algoritmo con esos números que son música, con las notas de agua de una criatura mamando o de un anciano en sus últimos alientos soñando que mama.
*1.- Se refiere a la acción creadora, la creatividad, según Platón, en cuanto “causa que haga pasar del no ser al ser”. Diotima, narrada por el mismo filósofo en “El Banquete,” explica la poiesis con esta taxonomía: (1) natural a través de la procreación sexual, (2) en la ciudad a través de la consecución de la fama heroica y, por último, (3) en el alma mediante el cultivo de la virtud y el conocimiento.
Aguas de género
Ficción o no ficción
Las aguas de este libro-juego, tienen claro que están repletas de los cuatro tipos de pensamiento que, según los yoguis*1, pueden o no generar sufrimiento: memoria, imaginación, sueño y pensamiento incorrecto. Sin olvidar algo de pensamiento correcto, el único que según dicha filosofía, visión o dharsana no genera sufrimiento. Todo mezclado.
Por eso es un libro que requiere entrenar el discernimiento intuitivo y desea inspirar la capacidad de reflexión más profunda. La misma que alienta el cultivo de la propia virtud para el beneficio de todos.
La literatura y la poesía utilizan los cinco tipos de pensamiento: imaginación, memoria, sueño, pensamiento incorrecto y correcto. A veces, para evadirse. Otras, para acercarse a la realidad. Los hay, incluso, que mezclan visión y evasión.
Lo filosófico se suele debatir entre el pensamiento correcto e incorrecto, entre la ignorancia y la sabiduría, entre el sufrimiento evitable e inevitable, entre la felicidad y la serenidad. Aunque suele transitar las mismas dudas, a veces, parece que lo tiene demasiado claro. Otras, lo tiene demasiado claro. Eso puede ser un problema cuando no nos hemos entrenado en esos besos entre el pensamiento y el sentimiento. Los que, inevitablemente, surgen del “amor a la sabiduría”*2. Cierto que, hay besos húmedos y besos secos. Hay incluso picos que ponen la boca y miran para otro lado. Pero si queremos ampliar nuestra comprensión filosófica, tenemos que abrir los procesos de discernimiento intuitivo para dejar que la reflexión sentida nos meta la lengua.
Lograr claridad sin desconectarnos de la calidez. La autenticidad está profundamente conectada con el sentimiento. Surge de sentir la vida que vivimos para responder a ella. Cuanto más clara y cálida es la visión, más buena es la respuesta para todos.
Si no se tienen buenos recursos para ello, el arte de cultivar supone aprender a generarlos. El campo está repleto de maestros. Con unos aprendes. Con otros aprendes a desaprender. Con muchos aprendes lo que no hay que aprender.
El proceso de auto-cuestionamiento sería parecido al de preparar la tierra. El cultivo puede tener un ciclo constante e imparable. No hay tierra yerma. Hay tierra abandonada y tierra explotada. Constantemente hay que arrasar lo muerto y hacer compost. Todo tiene su ritmo y hay diversidad de frutos con diversos nutrientes en las diversas estaciones. Se guardan y se regalan semillas. Hay situaciones favorables e inclemencias. Únicas e impermanentes. A veces, incluso, nos pueden parecer impertinentes.
La autenticidad siempre es subjetiva, está hecha de corazón, y el corazón está hecho de amor bondadoso vestido con un conocimiento y experiencia exclusivo, único, irrepetible. Vivido por cada diferente ser humano, en los diferentes momentos de su vida. Es lo más personal y sentido, que sucede en nuestra experiencia vital, única e impermanente, en la que surge ese sentir al otro, sentirnos a través del otro, sentir el mundo a través de nosotros. Lo que nos une al otro, a los demás, al mundo.
El amor dice: lo soy Todo.
La sabiduría dice: no soy Nada.
Sri Nisargadatta Maharaj
Desde aquí, la calidez, el amor, es lo más personal.
Suelo decir que unimos el Cielo, la red de sabiduría colectiva que llamamos humanidad, y la Tierra, la comprensión de nuestra naturaleza humana, finita, en nuestro corazón, en nuestra propia experiencia vital.
La claridad en esta propuesta es lo más impersonal que compartimos. La mente que no se nubla por miedos u otras heridas.
Si la verdad es el cielo de la mente, la belleza es la tierra del corazón.
Obviamente, hablamos de esa belleza filosófica: bien, bondad, virtud.
Ambas, la claridad y la calidez, pueden bailar una danza armónica en el ser que cada uno ocupa en este mundo. No bailan en ningún otro lugar. Lugar, por ende, en constante movimiento.
La filosofía pocas veces se ha considerado un género literario. J. Derrida lo hace más que acertadamente. Pocas veces habla del sueño. R. Descartes se entrega a dicha posibilidad en sus “Meditaciones”. La imaginación podría considerarse, para los que pretenden ser rigurosos, una perversión filosófica. Pero si nos pusiéramos de verdad rigurosos, al tener que reconocer que la memoria es interpretativa veríamos que sin un poco de imaginación no podríamos contar ninguna historia. Tampoco la historia de la filosofía. ¿Entonces? ¿Dónde está el territorio limítrofe? Quizá podemos ver que la filosofía suele tratar de lo más impersonal para ir a lo más íntimo de lo personal. La literatura y la poesía suelen hacer el recorrido inverso. De lo más íntimo y personal a lo más impersonal. También hay sabiduría que observa la belleza de este mundo desde el ser, a pesar del movimiento de las personalidades, de los seres superficiales, de los trajes que nos ponen o nos ponemos. A la vez, hay ficción que, a través de esos juegos y disfraces, logra contemplar y expresar lo más bello y profundo de nuestra humanidad.
De todos modos, más poéticas, literarias o filosóficas, las ideas de ti, de mí, de él o ella, de nosotros, vosotros o ellos, están hechas de memorias que se van reinterpretando a medida que la vida nos va dando opciones para seguir moviendo las páginas. La reflexión sentida moviliza la acción, ayuda a responder a las preguntas que la vida plantea en cada instante. Ayuda a ampliar comprensión y compasión, claridad y calidez, incluso en los retos o dificultades de esta existencia. Entonces recurrimos a nuestro conocimiento y experiencia, aunando ánimo, disposición y deseos, para elegir alguna opción y seguir leyendo. Por eso propuse que este libro-juego era una metáfora de la imaginación de la memoria.
La memoria opera por inferencia, por asociación, es aquella parte de mi psiquè que, entre otras cosas, cuando algo me afecta, responde recordándome que me acuerdo “de”. A veces, de tantas cosas a la vez, emocionantes, confusas, contradictorias o similares que, tengo que detenerme a pensar en los posibles errores, en un modo mejor de hacer las cosas, en tapar lo que no quiero ver y una larga enumeración de posibilidades creativas del pensamiento correcto e incorrecto. Es fácil ver que ciertos sucesos de nuestra memoria se reinterpretan constantemente. Quizá, por eso, este libro tuvo tantas versiones.
Una de ellas tenía un constante asterisco, personaje que representaba la consciencia testigo, esa vocecita filosófica y contemplativa que observa sensaciones, emociones, pensamientos, cuando llegan a nuestra consciencia, y especialmente cuando resultan molestos, después de aceptarlos, va cuestionando su verdad, su potencial de bien, su pertinencia.
Esta última versión se quedó en un juego de femenino y masculino energético.
La prosa poética expresando el sentimiento, la conmoción.
Las preguntas ocultas o cuestionamientos, expresando a su acompañante: el pensamiento, la reflexión.
Conmoverse y reflexionar. Esa es nuestra tendencia primera.
Sin embargo, a través de los libros y los buenos diálogos, creamos la posibilidad de reflexionar para conmovernos.
Conmoción sin reflexión. Reflexión sin conmoción. Solas, no es lo mismo. Son más de lo mismo. Inteligencia sin amor y amor sin inteligencia.
La propuesta consiste en jugar a recordar lo que para nosotros fue inolvidable. También observar cómo nuestra memoria está repleta de la memoria de otros, de la experiencia de otros, del conocimiento de otros. Jugar a dejar que el juego se muestre. Que nos diga qué es lo que nuestra psiquè ha considerado prioritario en todo lo vivido. Quizá para preguntarnos por qué. Quizá para reinterpretarlo de nuevo. O para recordar aquello que creímos haber olvidado, o volver a preguntarnos qué es lo que consideramos inolvidable en este momento de nuestras vidas, conscientes de cómo esa reflexión va a afectar al porvenir.
La presencia es ser conscientes, en cada instante, de la interpretación del mundo con nuestro conocimiento y experiencia, es decir, con esa memoria tremendamente creativa y asociativa. A la vez, la presencia con otros, es ser consciente de que los demás interpretan el mundo con un conocimiento y experiencia distinto al nuestro. A la vez, es poder reconocer que dicho conocimiento y experiencia influye en nuestra capacidad reflexiva y hace que tengamos determinadas expectativas sobre nosotros, los demás y el mundo.
Es decir, la presencia tiene que ver con la ubicación, la relación y la acción, para decidir a qué página decidimos ir, sin saber lo que nos va a mover o conmover.
Nuestra psique interpreta basándose en nuestro pasado, conocimiento y experiencia, y nuestro futuro, expectativas conscientes o inconscientes. Es decir, el presente como tal no dura ni un segundo y está repleto en cada instante de pasado y de futuro. Sin dudar de nuestra capacidad de sorprendernos y de nuestra disposición al aprendizaje, habitamos la realidad que nos rodea con “lo que sabemos” y lo “que deseamos”. Dado que lo que sabemos está repleto de verdades parciales, incorrecciones e impertinencias en el menor de los casos, cada vez me percato más de la importancia de revisar nuestros motivos. Ver dónde ponemos nuestra atención porque lo consideramos importante, en base a comprender lo que hemos consideramos inolvidable.
Cierto que Epicteto dice, entre muchos otros, que el pasado no existe, el futuro no existe y solo existe el presente. ¿Y si el presente es impermanencia y posibilidad de presencia? ¿A la vez?
Me parece muy importante reflexionar sobre los matices diferentes de la atención relajada, amable o respetuosa que nos sugiere vivir el presente y vivir en presencia. Sin embargo, este libro pretende más bien mostrar que la memoria es un tesoro con múltiples interpretaciones para cocrear o “codestruir” mundo. Llena de pasado y de futuro en potencia. Y, de nuevo, si el pasado no existe, el futuro no existe, solo existe el presente y el presente es efímero. ¿En qué podría consistir estar presentes en nuestras vidas? ¿Podemos estar presentes sin habitar todo nuestro organismo? ¿Sin ser conscientes de nuestras sensaciones, emociones y pensamientos cuando lo requieren? ¿Sin atender dónde ponemos nuestra atención? ¿Sin revisar y cuestionar nuestras ideas cuando no vamos bien? ¿Hay presencia si no reconocemos al otro? ¿Si no atendemos la relación con el otro? ¿Con los otros? ¿Sin ética ni consciencia social?
En otra de las reinterpretaciones de la memoria de este libro había una dedicación:
“In memoriam de esas mentiras que crean muertes y sufrimientos reales”.
Parece mentira que la mentira siga siendo tan pertinente a nivel político. Quizá si fuéramos más conscientes de las mentiras que nos contamos…
De todos modos, lo más interesante es pensar algo muy importante en esa vida única y efímera que solo puedes vivir tú: qué es, para ti, lo inolvidable y por qué.
Cuando alguien, desde su conocimiento y experiencia, hace algo que afecta a mi sensibilidad y me duele, intento “no olvidarlo” para no hacerlo yo. Fue algún maestro estoico que me dio esa idea. Sigo sin entender qué motivos logran que tantos seres humanos decidan aprender a hacerle a otros lo que les duele a ellos. Se han olvidado de algo. Creo que olvidaron que todos queremos ser felices. Que no podríamos ser felices si los demás a nuestro alrededor estuvieran sufriendo. Que deseamos estar bien y que los demás estén bien. Y tenemos un maravilloso don, llamado inteligencia, para lograrlo.
Creo que, a veces, nos olvidamos de atender lo más importante porque nos olvidamos de pensar qué es para nosotros lo importante.
