Insumisa

Nació en un lugar en el que pensar era considerado insumiso. 

En ese lugar la autoridad bautizaba. 

Y, como ella no se sometía, la maltrataban para poder nombrarla; y entonces,ella pensaba más. Para encontrar nuevos nombres para no nombrarse. 

Es el que no tiene nombre o la que no tiene solo uno. 

En sus ojos hay un observador rapaz. 

En su andar la sospecha de que le es posible enraizarse y despegar del suelo, mientras sus gestos la delatan y la ocultan. 

Pero tiene más miradas, movimientos y gestos que susurran silencios nunca escritos.

Se viste con la fusión presente del pasado y del futuro. Su desnudez, atemporal. 

Su cuerpo, como la radiografía de un deseo, encarna las formas de otros. Se parece y se distingue. 

A la vez. Tesis, antítesis y síntesis. 

Casi siempre su fortaleza, profunda e intensa, intenta ocultar inútilmente su vulnerabilidad, su corazón abierto, la ternura interna, la fragilidad que le aportan sentido y energía. Obviamente, para quien sabe mirar. Firmemente honesta, dispuesta constantemente a ampliar la comprensión sobre lo que no puede comprender. 

Su ausencia de límites, asumiendo sus límites. Su no-violencia capaz de violentar. Extraña. Inmune a la cruel violencia de la manipulación y la mentira contra la bondad y la confianza humana. Por eso la han matado tantas veces. Miles y millones de veces.

Constantemente. Y sigue siendo capaz de desgarrarse el corazón por un ápice de verdad, aunque muera, de nuevo, por ello. 

Dicen que la niña blanca, pura e inocente, la que renace constantemente en cada acto de amor, la conoce.

Dicen, también, que su confidente es la mujer de los cabellos blancos, sabia e intensa, la que recoge y entierra en soledad a cada niña muerta. La misma que, después, a pesar del dolor, es capaz de volver a parirlas. 

Ellas dicen que ha sido la madre, la hermana, el hermano, la hija, el hijo al que mató su padre en una infortunada paliza. Fue ese “Cualquiera”, rechazado y excluido, que fue forzado a comprender la más profunda dignidad. Fue aquel ser maltratado o violado por su progenitor, o por el progenitor de otro, o por alguien que parece tener la suerte, consciente de la posibilidad de orfandad, de contar con una figura de protección y autoridad contradictoria e incoherente. También fue aquel ser, ya no sé si niño o viejo, humillado y despreciado por aquellos a los que amaba. Es la que comprendió que aquellos que sufrían generaban sufrimiento, y aun así, no se rindió. 

Por eso ha muerto tantas veces. Millones y millones de veces. Porque sabe que la vida no es siempre lo más importante. 

Transita, a veces, por el espacio-tiempo, aunque no le interesa ni el tiempo ni su intemporalidad, pues el presente le parece circunstancial, repleto de los hechos de un mundo al que pertenece y no pertenece, resistiéndose a ser solo una de sus “propiedades”. Cierto que en el presente la vida se manifiesta y las palabras surgen. Aunque ella no habita las palabras, tan solo las hospeda. 

Nació en un lugar en el que pensar era considerado insumiso.

Nació paria en la patria de otros.

Intentaron que se sometiera, que renunciara a su estirpe, que se avergonzara de su cuerpo, de su sabiduría, de su libertad, de su amor, de su bondad, de su honestidad, de su valor, de su responsabilidad, que se avergonzara incluso de poder ver la belleza en la fealdad o de la confluencia entre la perfecta imperfección y la disposición al aprendizaje. 

Quizá tantos intentaban que, como tantos, se subyugara.

A la ruidosa nada. Al superficial ajetreo. Al estruendo.

Pero los golpes y las humillaciones, los abusos políticos o los campos de exterminio nunca han logrado someter a los que pertenecen a su pueblo.

Nunca han conquistado ese pueblo, pues, aunque a veces emerja de la tierra, tiene raíces volátiles y la capacidad de ser transparente a ojos necios.

Por eso no pueden invadirlo. 

Nació en un lugar en el que creían que los malos tratos provocan sumisión. 

Que el miedo desconcierta. 

Que la falsa autoridad piensa por todos. 

Y cada vez que ella pensaba, la maltrataban por insumisa y, entonces, ella, pensaba más. 

Y cuanto más pensaba, más sentía.   

Y cuanto más sentía, más vivía para dejarse conmover por los demás.

Su insumisión resistió hasta poder exiliarse. Tuvo que fortalecerse en la esclavitud hasta poder encontrar su lugar. Su pueblo. Su mundo. 

Fue un trayecto largo. Muy duro, a veces. 

Pero siempre encontró compatriotas apátridas. Muertos y vivos.

Habitaban el único lugar habitable más allá del resguardo. Cierto que el terreno no es seguro, poco sólido, muy mutable e incierto. Pero es un lugar para todos que no es propiedad de nadie

Opción 1, ve a la página 53.

Si lo primero que ves es una alegoría a la filosofía, una oda a los libros y te conecta a esa parte incorruptible que habita en nuestro interior.

Si ves claramente la diferencia entre rebeldía sin causa y con causa y, a veces, te sientes rebelde sin causa.

Si la rebeldía con causa justa y justificada te parece corrección más que rebeldía, aunque ésta sea inusual.

Si para poder decidir ante preguntas similares necesitas definir qué entendemos por justicia. 

Si tienes muy clara la diferencia entre ley y justicia, harto de ver como se legitima la injusticia a través de las leyes constantemente. 

Opción 2, ve a la página 45.

Si ves en la palabra “sumisión”, juegos de poder, desde el ámbito más íntimo e instintivo, al más público y enrevesado, es decir, de lo sexual a lo político.

Si las leyes de extranjería te parecen inhumanas y entiendes, a la vez, que hay límites en la puerta de tu casa.

Ejercicio opción 1

¿Has sido injusto con alguien alguna vez? ¿Has podido disculparte y compensarlo?

Ejercicio opción 2

¿Sabes poner límites a los juegos de poder de otros sin caer en el mismo juego? ¿Tienes algún juego de poder o pulso pendiente?