Miedo al Tedio

Muestra:

Aquel treinta y uno de diciembre, al pensar en estrechar una idea y retorcerla, retorcerla, retorcerla, me puse tan nerviosa que engullí tres uvas a la vez. Aquella había sido la primera uva de una pretenciosa trilogía que intentaba vacunarme de tendencias obsesivas, convulsivas y ansiosas. Ésta fue la siguiente:

 4.-No seas extrema-.

EL CERDITO Y LA SOBRASADA.

Andaba por el campo una joven hambrienta que poco antes de desfallecer divisó una granja. Al llegar, un puerco se cruzó en su camino, alzó sus pezuñas, le enseñó la barriga y se puso a saltar. A continuación, tras mover su linda colita, echó a correr. La chica pensó que eso sugería: ¡sobrasada, sobrasada! Y tras perseguirle durante varios minutos, el cerdito se detuvo, se tumbó panza arriba, miró los ojos hambrientos de la chica y dijo:

 – Cómeme, cómeme -.

Cuando se tiró sobre él para pegarle un mordisco, él, hábil, se escurrió. Jugaron varias horas al escondite, hasta que ella, agotada, empezó a pensar que era un cerdo raro . De repente, Petronio, pues así se llamaba el cerdo, se acercó para explicarle que él era especial. No estaba dispuesto a que su precioso cuerpo sirviera para deleitar a otros convertido en jamón, butifarra o solomillo. Según él, el resto de los cerdos eran idiotas por dejarse cebar para que, alguien, una chica hermosa por ejemplo, los hiciera picadillo. Seguidamente, tras sacarle la lengua, que ella imaginó cocinada con alcaparras, volvió a correr. Petronio era un cerdo vulgar y corriente, incluso demasiado grasiento, pero a ella le parecía el cerdo más apetitoso de la tierra. Después de dar vueltas y vueltas, persiguiéndole en vano, se sentó.

Iba a romper a llorar cuando oyó los  gruñidos de los compañeros de Petronio. Intentaba seleccionar una nueva pieza, cuando él, sintiéndose desplazado, volvió a incordiarla:

– Oye, quiero cambiar. Me dejaré comer con una serie de condiciones. Quiero que diseques mi morro para colgarlo en tu comedor, que congeles mi encéfalo por si alguien lo necesita para un trasplante y que hagas conmigo un jamón y un lomo embuchado para degustar en la mejor feria gastronómica -. Ella lo miró dudando. Volvió a mirar la piara. Había piezas interesantes. Miró, de nuevo, la carina tentadora de Petronio. Sin duda, ella tenía ganas de ese cerdo. Era una lástima. 

Fue entonces cuando Petronio se fue con el rabo entre su gordo culete murmurando:

-No puedes ir por ahí con la ley del todo o nada-.

Ella pensó que hubiera tenido razón si hubiera sido el único cerdo de la granja.

Yo creo que la chica hubiera sido más inteligente, si además de comerse otras piezas, hubiera trinchado también a Petronio. Tratándose de un cerdo no logro entender porque debía respetar sus condiciones. La ética humana tan sólo suele aplicarse a vida que se considera similar. Por eso, hemos hecho legítimos los atentados ecológicos, los mataderos de cerdos o de enemigos y hemos dejado morir de hambre a millones de personas por no estar globalizadas. Aunque eso sí, siempre son otros los que contaminan, otros los que matan y otros los que miran como alguien se ahoga sin mover un sólo dedo porque  no lo tiraron al agua. Y es que para ser buenos, basta con no ser malos. 

La verdad, es que puedo comprender que la gran piara humana siempre ha sido cochina. Pero no entiendo porque los guarros nos reproducimos tanto, sobretodo, si observamos las últimas tendencias psicológicas, que nos recomiendan que para lograr las condiciones ambientales adecuadas para la procreación, nos comamos mutuamente y de modo equitativo, aunque otros cuentos más arcaicos, insistan en mantener que se puede  hacer  un jamón con dos patas.

Yo creo, que lo más prudente es hacerse vegetariano, sobretodo, desde que los pollos son víricos, las ovejas clones y las vacas psicópatas.