
Ubicados en el mundo del lenguaje, al que le gustaría besar la comisura de tus labios y sentir la vibración de tus susurros, en ese rastro de vida que la rastrea sin fin, trazamos continuamente trayectos, algunos dispares, otros similares, algunos que confluyen, otros que se dispersan, para llegar, al fin, a los trayectos de amor y de silencio. Donde la paz es caricia, y la calidez, el beso que reconforta el alma.
En ese espacio de claridad hay un silencio sagrado por lo que amamos y murió. Por lo que aún no ha nacido y amaremos. Una oda a la eternidad por cada instante que perdemos.
Sosteniendo el silencio, a veces, hay sigilosos susurros que surgen de lo que no debería ser dicho. Solo la más sutil sensibilidad de nuestra alma puede oírlos. El extremo límite del silencio que no puede traspasar las fronteras del mundo del lenguaje. En ese lugar habitan diferentes dimensiones de la no verdad, distintas posibilidades de lo que pudo haber sido. Nadie pudo prohibir ni las sonrisas, ni las lágrimas limítrofes.
Algunos se confundieron en el trayecto. Aquellos que no se conformaban en seguir los trazos lingüísticos, fueron hacia las fronteras vida a través. Los trayectos del lenguaje abiertos a la vida, se dejaron impregnar por el misterio de lo que no puede ser dicho ni, por lo tanto, pensado. Tampoco corrompido. Como el amor que se calla para no ser egoísta, para priorizar los deseos del otro sin sacrificarse, porque le da la gana. Por considerar, por ejemplo, a los otros, a los que ama el otro y no se quiere dañar. Como el amor que no se dice por no ser rechazado o humillado, de nuevo, por el miedo o la confusión del otro al que se ama, pero al que no se puede sanar. Como el amor que encuentra otra índole de aceptación en la soledad, que logra conectar con la fuente, en la ausencia del amor del otro, en la imposibilidad de expresar lo que siente, en la impotencia de aceptar lo que no entiende, no puede, no debe. Como el amor que no puede acoger, consolar, curar, atender todo el dolor de este mundo y, aun así, hace lo que puede. Allí. En la frontera. En la honda belleza de la tierna rudeza de esta existencia.
¿Cómo un ser que ama la vida y la naturaleza puede permitir sin hacer nada que la destruyan? ¿Cómo un ser que ama a los otros seres y a las otras almas, puede permitir, sin hacer nada, tanto dolor, injusticia y sufrimiento evitable? ¿Cómo se puede seguir amando sintiendo que apenas se puede hacer nada? ¿Cómo se puede sesgar la verdad para decir que en esta existencia el amor no duele? ¿Cómo se puede ceder ante la visión parcial del egoísmo que crea tanta desolación y desamor?
La banda sonora de este final: “The love that can not be” de Dead Can
